Santo Domingo. En los últimos meses, los apagones eléctricos se han vuelto una constante en la vida de los ciudadanos. Desde pequeños comerciantes hasta amas de casa, todos sufren las consecuencias de interrupciones constantes en el suministro eléctrico. Las pérdidas económicas, los daños a electrodomésticos y la frustración diaria dibujan un panorama cada vez más preocupante.
En el centro de la ciudad, muchos locales han tenido que reducir su horario de atención o invertir en plantas eléctricas para no perder clientes ni productos.
“Cada vez que se va la luz, pierdo ventas y a veces hasta productos que necesitan refrigeración”, comenta Celenia Gómez , dueña de un colmado . “No todos podemos darnos el lujo de tener una planta eléctrica.”
Además del impacto económico, también hay consecuencias en la seguridad. Algunos comerciantes temen por los robos y atracos durante los apagones nocturnos, cuando las calles quedan completamente a oscuras.
Para las amas de casa, los apagones significan mucho más que oscuridad. Afectan la rutina del hogar, la preparación de alimentos, el uso de electrodomésticos y el descanso de los niños.
“Cocinar a medias, la nevera dañando la comida, los niños sin poder hacer tareas… esto ya no es vida”, dice Sonia Ramos , madre de tres hijos residente en el sector de Herrera.
Algunos hogares han visto cómo se dañan sus aparatos eléctricos por los bajones de voltaje. Otros simplemente han optado por desconectarlos para evitar más pérdidas, resignándose a vivir sin comodidad básica que tenían antes .
Hasta el momento, las autoridades han ofrecido pocas explicaciones convincentes. Algunas empresas proveedoras de electricidad hablan de “mantenimiento programado” o “fallas en la red”, pero los ciudadanos exigen más transparencia y soluciones reales.
Mientras tanto, en redes sociales crecen las denuncias y la frustración colectiva. Se han organizado protestas en distintos barrios, donde los vecinos claman por un servicio básico y digno.
Los apagones no solo apagan la luz: apagan la productividad, la tranquilidad y la calidad de vida. La población clama por respuestas urgentes antes de que las pérdidas sean irreversibles, tanto en lo económico como en lo humano.

