Santo Domingo. Cada vez que las luces parpadean y se apagan en un barrio dominicano, más que electricidad se interrumpe: se detienen sueños, negocios y esperanzas. En las últimas semanas, los constantes apagones en distintos puntos del país han reavivado una vieja preocupación nacional: el alto costo económico y social de la inestabilidad energética.
Un golpe diario al bolsillo
En el mercado de Villa Consuelo, Ana María Jiménez, dueña de una heladería, calcula pérdidas semanales de hasta RD$10,000 por productos dañados y horas sin operar.
“Yo trabajo con frío. Sin luz, no hay helado. Si se va a las 2:00 de la tarde, ya perdí el día. Y nadie me devuelve eso”, lamenta.
El caso de Ana no es único. Según estimaciones de la Federación Dominicana de Comerciantes (FDC), las micro y pequeñas empresas pierden entre un 15% y un 25% de sus ingresos cuando los apagones superan las tres horas diarias. Restaurantes, colmados, talleres, peluquerías y hasta centros médicos se ven forzados a reducir servicios o depender de costosos generadores.
Industria bajo presión
La Asociación de Industrias de la República Dominicana (AIRD) advierte que la intermitencia eléctrica genera sobrecostos de producción, afecta la competitividad exportadora y pone en riesgo empleos formales.
“Una hora sin energía en una planta mediana puede representar decenas de miles de pesos perdidos. No podemos depender del azar para producir”, afirmó el ingeniero Ramón Porfirio, consultor energético.
Las zonas francas, clave en las exportaciones del país, también acusan el golpe. Aunque muchas tienen plantas de respaldo, el uso intensivo de combustibles encarece la operación y reduce márgenes de ganancia.
Turismo y servicios también sienten la presión
En polos turísticos como Punta Cana o Puerto Plata, algunos hoteles han reportado interrupciones breves pero frecuentes, lo que afecta la experiencia del visitante y eleva los costos de mantenimiento.
“Los turistas no entienden por qué en un hotel de lujo se va la luz. Nosotros tratamos de que ni lo noten, pero la factura eléctrica de emergencia ha subido un 18% este trimestre”, comenta bajo reserva el gerente de un resort en Bávaro.
El efecto en los hogares y la informalidad
Más allá de la economía formal, los apagones afectan a millones de hogares dominicanos. En sectores vulnerables, la falta de electricidad significa no poder cocinar, estudiar, refrigerar alimentos o trabajar desde casa.
“Mi hijo no pudo entregar una tarea porque se fue la luz y se dañó el módem. Nadie le creyó en la escuela. Eso es frustrante”, dice Yudelka Torres, madre soltera de Herrera.
Los trabajadores informales, como motoconchistas o vendedores ambulantes, también ven sus ingresos disminuidos cuando deben detener sus jornadas por falta de servicios básicos.
Causas y soluciones pendientes
Las causas de los apagones son múltiples: sobrecarga en el sistema de distribución, mantenimientos, fallas técnicas, falta de inversión, y en algunos casos, sabotajes. A pesar de la integración de nuevas plantas eléctricas y la expansión de energías renovables, la demanda crece más rápido que la capacidad instalada.
El Ministerio de Energía y Minas ha prometido soluciones estructurales, incluyendo inversiones en redes inteligentes, mejoras en distribución y reducción de pérdidas técnicas, pero los resultados se sienten lentamente en los barrios.
Una economía que necesita energía para crecer
En un país donde el turismo, el comercio y la industria dependen de la continuidad eléctrica, cada apagón tiene un costo visible e invisible.
“Sin electricidad confiable, no hay desarrollo sostenible. Es hora de tratar el tema como una urgencia nacional”, concluye el economista Luis Madera, de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).
Mientras tanto, en los barrios del país, la rutina se adapta al vaivén de la corriente. Y en cada interrupción, se apaga algo más que la luz.

